El examen es una novela escrita por Julio Cortázar en 1850 y publicada póstumamente en 1986, junto con otra obra, algo así como un "capítulo desprendido" de El examen: Diario de Andrés Fava.
La historia tiene como protagonistas a un grupo de amigos que deambulan por la ciudad de Buenos Aires invadida por una bruma y una extraña lluvia, discutiendo acerca de temas relacionados a la política, el país, sus propias vidas, el arte y la literatura, compartiendo poemas por ellos escritos y riéndose de los mismos. Juan y Clara, una pareja de estudiantes en vísperas de examen, un cronista irónico, Stella y Andrés Fava, son los actores que dan vida a esta novela, caminando las calles porteñas bajo la intermitente presencia o acecho (real o imaginario) de otro amigo desaparecido: Abel."Escribí El Examen a mediados de 1950, en un Buenos Aires donde la imaginación poco tenía que agregar a la historia para obtener los resultados que verá el lector. Como la publicación del libro era entonces imposible, sólo lo leyeron algunos amigos. Más adelante y desde muy lejos supe que esos mismo amigos habían creído ver en ciertos episodios una premonición de acontecimientos que ilustraron nuestros anales en 1952 y 53. No me sentí feliz por haber acertado a esas quinielas necrológicas y edilicias. En el fondo era demasiado fácil: el futuro argentino se obstina de tal manera a calcarse sobre el presente que los ejercicios de anticipación carecen de todo mérito. Publico este viejo relato porque irremediablemente me gusta su lenguaje, su fábula sin moraleja, su melancolía porteña, y también porque la pesadilla de donde nació sigue despierta y anda por las calles." J. C.
A continuación comparto algunos fragmentos del libro (conversaciones y discusiones entre los protagonistas) que me de alguna manera me dejaron pensando, o cuanto menos captaron mi atención.
"Sí, el tiempo ha seguido y nos ha pasado. El tiempo, como un niño que llevan de la mano y que mira hacia atrás...".
“-Cuando yo me despierto -dijo Juan- lo primero que se me ocurre como medida de emergencia es volver a dormirme.
-Lo que llaman cerrar los ojos a la realidad -dijo Andrés-. Ahora fijáte en esto que es importante. Hablás de volver a dormirte y tratás de hacerlo. Pero te equivocás al creer que en esa forma te vas a replegar sobre vos mismo, que te vas a amarullar detrás de lo que te defiende de eso que está enfrente de vos. Dormir no es más que perderse, y cuando tratás de dormirte lo que realmente estás buscando es una segunda fuga.
-Ya sé, una muertecita liviana, sin consecuencias -dijo Juan-. Pero viejo, ése es el gran prestigio del dormir, la perfección del apoliyo. Vacaciones de sí mismo, no ver y no verse. Perfecto, che.”
“Con tan poca cosa puede un hombre ser feliz”, pensó. “Ni siquiera un beso. Con tan poco. La taza de té preparada con su mínima liturgia, un insecto dormido sobre un libro, un perfume viejo. Sí, casi la nada… “.
El corazón no tiene huesos. "Le vendría bien tenerlos", pensó Andrés. "Mal hechos para la vida nos arman. La piel y los huesos, poveretti. huesos, blindaje, quitina, y adentro la piel, como un forro de casco".
"Una noche, una de aquellas noches que alegran la vida, en que el corazón olvida sus dudas y sus querellas, en que lucen las estrellas cual lámparas de un altar, en que convidando a orar la luna, como hostia santa, lentamente se levanta sobre las olas del mar".
"Infancia, qué bien no hablar, dejarla en su esquina borrosa, en su rayuela, qué bien no traicionar. Recinto, las sandías de oreja a oreja, la siesta, caracol caracol saca los cuernos al sol".
"Era el sufrimiento gozoso, como la picazón bien rascada, sangra pero te gusta a la vez".
“Sólo el olvido condiciona la felicidad. Toda previsión es horror. Vuela, allegro, paséate por el teclado, desata las brisas y las naranjas. Yo sé, yo sé que el otro tiempo por venir es el lento, es el andante terrible, es lo que era antes de esta fugaz mentira presente indicativo”.
(Conversación entre Juan y el cronista)
(…) Planificar es irle un poco en contra al azar, acordate del chino.
-No hay azar. El azar es el rebote de nuestras debilidades, las fallas del plan de vida.
-¿Ah, sí? Entonces un terremoto que te pesca en la cama y te….
-Pero eso no es el azar –dijo Juan, sorprendido-. Eso es la poesía.
Convéncete, cronista. El horror de la existencia lo vio Rimbaud mejor que nadie: “Moi, esclave de mon baptême*”. Te criás en la estructura cristiana, reducida no más que a un cascarón de tortuga donde te vas estirando y ubicando hasta llenarlo. Pero si sos un conejo y no una tortuga, es evidente que estarás incómodo. Las tortugas, como el gran Dios Pan, han muerto, y la sociedad es una ciega nodriza que insiste en meter conejos en el corsé de las tortugas.
*”Yo, esclavo de mi bautismo”.
-Te criás fajado por las grandes ideas fijas, pero un día hacés tu primer descubrimiento personal, y es que esas ideas no parecen ser muy aplicadas en la práctica; y como no sos sonso y te gusta vivir, ocurre que deseás la libertad de acción. Zas, ya te topaste con las ideas, con tu bautismo. No en forma de decretos exteriores. Fijáte que esto es importante. No en forma de compulsiones prácticas, que son las que desesperan a los rebeldes de pacotilla, pues aunque estén en esa forma –como que lo están- siempre se las puede burlar más o menos, sino que te las encontrás en vos mismo: tu bautismo, viejo.
-(…) Mirá, si se nació oveja hay que vivir como oveja, y el águila precisa sitio para decolar sus alas a fondo. Yo podré tener la forma de la lata en que me han envasado desde que Jesús se convirtió en el tercer ojo de los occidentales; pero una cosa es la lata y otra la sardina. Creo saber cuál es mi lata; ya es bastante para distinguirme de ella.
-De distinguirla a escaparse…
-No sé si es posible escaparme –dijo Juan-. Pero sé que mi deber para conmigo es hacerlo.
-Sólo cuento conmigo, y aun así en pequeña parte –dijo Juan-. De mí tengo que descontar al enemigo, a ese que fue criado para que matara mi parte libre. A ese que debía ser bueno, querer mucho a su papito, y no treparse en las sillas o en los zapatos de las visitas. Cuento con tan poco de mí mismo; pero ese poco vela, está atento. Baudelaire tenía razón, cronista: es Caín, el rebelde, el libre, quien debe cuidarse del blandísimo, del viscoso y bien educado Abel.
-Ya está todo dicho –dijo Juan-. Me alegro de no tener un Dios. A mí nadie me va a perdonar; y nada puedo hacer para que el perdón me sea otorgado. Corro sin ventaja, sin el gran recurso del arrepentimiento. De nada me valdría arrepentirme, porque en mí mismo no hay perdón. Es posible que tampoco haya arrepentimiento; pero entonces el destino es absolutamente mío: yo sé, al faltar a mi tabla de valores, que lo hago; y sé y supongo por qué lo hago; y mi hecho es irremisible. Si me arrepintiera, sería inútil lo mismo; caería en la autocompasión o la casuística; antes me muera cien veces.
-Eso se llama orgullo –dijo el cronista, sumando los tickets.
-No, eso se llama ser uno mismo, andar solo y tenerse fe. Porque creo que sólo el que no va a patinar es capaz de prever con tanta claridad su riesgo; y viceversa.
"Siempre es como si las palabras y su tiempo estuvieran desajustadas, como si lo que debiera decirte ya no fuese oportuno, o no lo será un día en que vos o yo faltaremos, y nada podrá ser dicho".
"Pero no te rindas a la bondad. Mirá, tener lástima cuando no se ha hecho mal, esa flojera horrible como condenarse, sabés perder el derecho de elegir cada mañana tu traje y tu silbido y tu libro para leer, no nunca eso. Los ojos están adelante de la cara, mi querida, y no es culpa tuya si soy un poco tu sombra, tu eco, si el barco no puede andar sin hender".
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